
Eran cerca de las cuatro de una tarde húmeda de esas que solo Asunción sabe cocinar a fuego lento. Estaba frente a un lienzo de Photoshop en blanco, con el cursor parpadeando como un reproche, mientras el zumbido del ventilador de techo parecía marcar los segundos de una entrega que no iba a llegar a tiempo. En ese momento, mi rutina de crecimiento personal, esa que venía sosteniendo con una disciplina casi militar desde hacía meses, se desmoronó por completo bajo el peso de un cliente que pedía cambios de último minuto y una conexión de internet que decidía tomarse la siesta.
Antes de seguir, un pequeño paréntesis de transparencia: este rincón de Velida se mantiene vivo gracias a ciertos vínculos de afiliación. Si decidís explorar alguno de los programas que menciono a través de estos enlaces, Hotmart me asigna una comisión del 36% sin que a vos te cueste un solo guaraní más del precio final. Solo escribo sobre herramientas en las que ya puse el cuerpo, como el curso que vengo desgranando hace casi un año. No soy psicóloga ni experta en nada más que en mi propia experiencia como diseñadora freelance intentando no perder el norte; por eso, si sentís que el peso emocional te supera, lo mejor siempre es consultar con un terapeuta o profesional de la salud.
La trampa de la perfección en el autocuidado
Cuando empecé con el programa de Universo Femenino, lo hice con la mentalidad de quien está diseñando un manual de marca. Quería que todo encajara. Tenía mis horarios bloqueados, mis cuadernos de diseño gráfico a un lado y mis ejercicios de empoderamiento al otro. Me sentía orgullosa de no haberme saltado ni una semana desde finales de agosto del año pasado. Pero esa tarde de marzo, mientras el calor apretaba y los mensajes de WhatsApp no paraban de caer, entendí que estaba tratando mi crecimiento personal como una tarea más de mi lista de pendientes, algo que se podía 'ganar' o 'completar' si seguía las reglas.
Me di cuenta de que estaba tan obsesionada con ser la alumna perfecta del curso que me olvidaba de aplicar lo que el material realmente proponía. El programa tiene una calificación de 4.9, y yo quería ser ese 0.1 de perfección que faltaba. Me repetía que si no hacía los ejercicios de regulación emocional esa misma semana, estaba fallando. Pero la vida freelance no sabe de calendarios estáticos. A mediados de marzo, una racha de trabajo de mis clientes más antiguos —esos que me cuidan desde antes de la pandemia— me obligó a soltar el mouse y el cuaderno. Durante quince días, ignoré por completo los módulos. Me sentía una hipócrita. Estaba pagando un curso sobre bienestar mientras sobrevivía a base de cafeína y presión, sintiendo que el ritmo me comía de nuevo.
Cuando el papel se moja y la rutina se quiebra
Recuerdo un momento específico: la condensación de mi guampa de tereré bien frío goteando sobre una hoja impresa del Módulo 3. El papel se arrugaba mientras la luz de la tarde se volvía naranja sobre mi escritorio. En esa hoja había un ejercicio sobre la gestión de los límites que yo había ignorado olímpicamente para decirle que sí a un pedido urgente que entró a deshora. En ese instante, me pregunté si no estaba simplemente comprando 'empoderamiento' como un producto más para tapar el hecho de que todavía no sabía decir que no.
A veces, nos venden la idea de que el crecimiento personal es una línea recta ascendente. Pero mi experiencia real con Universo Femenino me mostró que el valor del material aparece justamente cuando todo sale mal. Al romper la rutina, dejé de ver el curso como una obligación escolar y empecé a verlo como un botiquín de emergencia. No importaba si no había abierto la plataforma en dos semanas; el acceso seguía ahí, y el hecho de que incluya actualizaciones de por vida significaba que el material me estaba esperando, no me estaba juzgando.
El mito de la rutina ideal
Hay algo muy común en los libros de crecimiento personal: te dicen que te despiertes a las cinco, que medites, que escribas y que después empieces tu día. Pero, ¿qué pasa cuando tu día depende de factores externos que no controlás? Como freelance, mis horarios son un acordeón. Y pensando en esto, me acordé de una amiga que acaba de ser mamá. Hablábamos por audio mientras ella intentaba que su bebé se durmiera, y me decía: "Magda, todos esos consejos de 'rutinas de mañana' para mujeres empoderadas me hacen sentir que soy un desastre porque mi horario lo dicta el hambre de mi hijo".
Esa perspectiva me cambió el chip. El consejo estándar de establecer rutinas de autocuidado fracasa estrepitosamente cuando tus necesidades —o las de quienes dependen de vos— son impredecibles. Ya sea por un bebé lactante o por un cliente que no entiende de zonas horarias, la rigidez es la enemiga de la paz mental. Aprendí que el programa de Universo Femenino funciona mejor cuando lo tratás como un recurso orgánico. Si querés profundizar en esto, te sugiero leer sobre cómo poner límites laborales para freelancers, algo que a mí me costó un Perú entender.
Regresar sin la carga de la culpa
Cuando finalmente bajó el volumen de trabajo y pude volver a abrir la laptop un sábado a la mañana, con el silencio que Asunción guarda entre la una y las cuatro de la tarde, no sentí que tenía que 'ponerme al día'. Simplemente retomé donde estaba. Descubrí que al no presionar el acelerador, las ideas decantaban mejor. No estaba haciendo una carrera contra el tiempo para terminar los módulos antes de que se venciera una suscripción (que no se vence, por suerte).
Un detalle técnico que me dio mucha tranquilidad fue entender los costos reales. En Paraguay, como en muchos lados, tenemos el IVA del 10%, y a veces uno siente que cada gasto en formación tiene que rendir frutos inmediatos para justificar la inversión. Pero el crecimiento no es un logo que entregás y cobrás. Es algo que va por debajo. Me di cuenta de que el curso me servía más cuando lo usaba para entender por qué me dolía la espalda después de una semana de estrés, en lugar de usarlo para llenar un checklist de 'mujer exitosa'.
Sentí un alivio físico real, un aflojamiento literal de los nudos en mi espalda alta, cuando dejé de intentar leer los módulos a toda velocidad. Dejé que un video se reprodujera mientras yo simplemente escuchaba, sin la presión de tomar notas perfectas en mi cuaderno. A veces, para organizar la mente, primero hay que aceptar que el cuaderno puede estar desordenado. Si estás empezando, quizás te sirva ver estos ejercicios de crecimiento personal para mujeres creativas que fui recopilando en los días de menos caos.
Lo que queda cuando el ritmo se rompe
Al final, romper la rutina fue lo mejor que me pudo pasar con este curso. Me quitó la venda de la 'estudiante modelo' y me puso en el lugar de la mujer real que vive en Asunción, que tiene calor, que se estresa y que a veces no tiene ganas de empoderarse, sino de dormir una siesta larga. El programa de Universo Femenino tiene esa nobleza: aguanta el tironeo de la vida diaria.
Si estás en esa etapa donde sentís que no tenés tiempo para vos, o que cualquier curso que compres va a terminar acumulando polvo digital en una pestaña olvidada del navegador, mi consejo es que no busques la rutina perfecta. Buscá la herramienta que te sirva cuando todo se rompa. Porque es ahí, en el desorden de un martes cualquiera, donde realmente se ve si lo que estamos aprendiendo tiene raíces o es solo hojarasca.
No esperes a tener la semana despejada para empezar a mirar hacia adentro. A veces, el mejor momento para abrir un módulo es precisamente cuando sentís que no podés más, aunque solo sea para escuchar una frase que te devuelva un poco de centro. Podés ver más detalles sobre cómo se estructura el programa y si encaja con tu momento actual haciendo clic acá en Universo Femenino. Al final del día, lo único que realmente importa es que, cuando cierres la laptop, sientas que tenés un poco más de aire en los pulmones.