
Son casi las dos de la mañana y el ventilador de techo hace un ruido rítmico, un clac-clac-clac que parece estar marcando el paso de mi indecisión frente a la pantalla. Tengo el cursor parpadeando sobre una propuesta de branding para una marca de cerámica local y, aunque ya hice esto mil veces, siento ese nudo frío en el estómago que me dice que esta vez sí, esta vez se van a dar cuenta de que no tengo idea de lo que estoy haciendo. El calor de Asunción no perdona ni de madrugada, y el sudor hace que los dedos se me resbalen un poco sobre el trackpad mientras trato de convencerme de que mis años de estudio y mis clientes reales no son un espejismo.
Es una paradoja ridícula. Tengo clientes que me contratan desde 2019, personas que han visto mi evolución y que me recomiendan, pero ahí está siempre esa voz pequeña y persistente. Ese pensamiento recurrente de que mi éxito es solo una serie de coincidencias afortunadas y no fruto de mi formación o de las horas que paso quemándome las pestañas. A veces me quedo mirando los requisitos del sistema de mi computadora, pensando que si ella necesita 16GB de memoria RAM para procesar mis archivos de Illustrator sin colapsar, yo debería tener algo similar para procesar el hecho de que soy una profesional competente.
La evidencia contra el fantasma de la duda
Hace unos seis meses, cuando el curso de Hotmart que estoy siguiendo —ese que se llama Universo Femenino y que voy masticando muy de a poco— llegó al módulo cuatro, me encontré con un ejercicio que al principio me pareció una pérdida de tiempo. Se trataba de buscar la evidencia objetiva. La consigna era simple: dejar de lado los 'siento que' y pasar a los 'datos que'. Me senté con mi cuaderno, ese de tapas de cuero que ya tiene las hojas un poco abultadas por la humedad, y empecé a escribir. El contacto del papel rugoso de mi cuaderno contra la palma de mi mano mientras tacho una frase de autocrítica es, curiosamente, lo único que me devuelve a la tierra en esos momentos de espiral.
Escribí cosas que no se pueden discutir. Por ejemplo, que en Paraguay todos los profesionales independientes tenemos que emitir facturas legales registradas ante la SET. Miré mis talonarios viejos. Vi la tasa del Impuesto al Valor Agregado (IVA) en Paraguay, ese 10% que calculo mes a mes, y me di cuenta de que el Estado no me cobra impuestos por ser una 'suertuda', sino por generar ingresos reales a través de un servicio profesional. Hay algo extrañamente sanador en ver los números fríos. Si fuera una impostora, ¿cómo es que mis clientes pagan ese 10% adicional de IVA sin quejarse año tras año? Los números no tienen sentimientos, y eso, en una noche de crisis creativa, es un alivio.
En mi cuaderno también anoté que un año tiene 52 semanas y que, en los últimos tres años, no ha pasado una sola semana en la que no haya tenido trabajo que entregar. Esos son datos. Pero el síndrome del impostor no se alimenta de datos, se alimenta de esa sensación de que el próximo correo será el que diga: 'Magdalena, ya nos dimos cuenta, devolvenos el dinero'. Obviamente no soy psicóloga, soy solo una diseñadora que intenta no volverse loca entre entregas, así que si sentís que esta ansiedad te paraliza la vida, siempre es mejor consultarlo con un profesional de la salud mental.
El termómetro del riesgo creativo
Durante el pico de trabajo de fin de año, cuando las marcas pequeñas para las que trabajo se vuelven locas con las campañas de Navidad, el síndrome del impostor se instaló a vivir en mi escritorio. Pero empecé a notar algo distinto gracias a las lecturas de crecimiento personal que vengo arrastrando desde los 28. Me di cuenta de que el miedo aparecía con más fuerza justo cuando estaba por proponer algo que se salía de mi zona de confort. Si me pedían un banner simple que podía hacer dormida, el impostor no aparecía. Pero si intentaba una ilustración nueva o una paleta de colores arriesgada, ahí estaba él, puntual.
Fue ahí cuando cambié el chip: el síndrome del impostor no es un obstáculo a eliminar, sino un termómetro natural de que estás asumiendo riesgos creativos necesarios para tu crecimiento profesional. Si no me sintiera un poco como una impostora, probablemente significaría que me quedé estancada haciendo lo mismo que hacía en 2019. Sentirse un fraude es, irónicamente, la señal de que estás subiendo de nivel. Como cuando actualizás el software y los primeros minutos todo se siente lento y extraño hasta que te acostumbrás a las nuevas funciones. Hace un tiempo mencioné algo parecido en mi entrada sobre mi experiencia real y curso universo femenino opiniones, donde hablaba de cómo la incomodidad es parte del proceso.
Hace un par de semanas al revisar mi cuaderno, encontré notas de una tarde calurosa de marzo donde anoté una frase del curso que me quedó grabada: 'La confianza no es la ausencia de miedo, sino la gestión de la evidencia'. No se trata de levantarse un día y decir 'soy la mejor diseñadora de Asunción', sino de mirar la carpeta de trabajos terminados y aceptar que, si están ahí y el cliente quedó conforme, es porque el valor existe, aunque yo no lo sienta en el pecho en ese momento.
Cuando el correo del cliente no es una sentencia
Ayer me pasó algo que antes me hubiera arruinado el miércoles. Recibí un correo de un cliente pidiendo cambios menores en un logotipo. Mi reacción automática de hace dos años hubiera sido: 'Viste, el logo es horrible, se dio cuenta de que no sé diseñar'. Pero esta vez, respiré, me serví un poco de agua fría y relee mis notas sobre la diferencia entre la crítica técnica y el valor personal. Los cambios eran sobre el grosor de una línea, no sobre mi existencia como profesional. Al separar mi identidad de mi archivo de Illustrator, el peso en la nuca desapareció.
Aceptar que la confianza es un hábito que se escribe y se revisa cada semana es lo que me mantiene a flote. No es una meta a la que llegás y te dan un trofeo. Es más como cuando hablábamos de lo que aprendí del curso universo femenino al romper la rutina; se trata de pequeñas victorias diarias sobre esa voz que te dice que te falta un curso más, una certificación más o una computadora más cara para ser 'de verdad'.
A veces me pregunto si alguna vez dejaré de sentirme así. Probablemente no del todo. Pero ahora, cuando el cursor parpadea y el calor me agobia, abro el cuaderno. Tacho la frase que dice 'no soy capaz' y escribo encima 'estoy aprendiendo algo nuevo'. Es un pequeño acto de rebeldía contra mi propia mente. Al final del día, el diseño freelance es un camino solitario, y si no somos nuestras propias aliadas, el camino se hace cuesta arriba demasiado rápido. Recuerdo que hace meses pensaba en cómo superar el miedo a cobrar lo que vales siendo freelance creativa, y todo vuelve al mismo punto: reconocer que el trabajo que hacemos tiene un peso real en el mundo, más allá de nuestras inseguridades nocturnas.
Cierro el cuaderno. El ventilador sigue con su clac-clac-clac, pero ahora suena menos a juicio y más a metrónomo. Mañana será otro día de entregas, facturas y ajustes, y aunque el síndrome del impostor probablemente me espere con el primer café de la mañana, ya sé que solo viene a decirme que sigo intentando cosas que me dan miedo. Y eso, en este rubro, es lo único que importa.