
Son casi las doce de esta noche de invierno en Asunción y el ventilador de pie sigue prendido, moviendo un aire que ya no está tan pesado pero que me ayuda a ignorar el silencio de la calle. Tengo el escritorio tapado de bocetos para una marca de lencería local y, por primera vez en semanas, no siento que la tipografía se me escape de las manos. Antes de seguir, un detalle importante: este espacio, Velida, se sostiene gracias a vínculos afiliados. Si te decidís a entrar en algún programa por estos enlaces, Hotmart me suma una comisión del 36% sin que a vos te cueste un solo guaraní extra. Solo escribo sobre lo que yo misma estoy cursando hace meses, como este cuaderno que vengo llenando paso a paso.
Hace casi un año que arranqué con el curso Universo Femenino. No fue por un arranque de entusiasmo de esos que te dan después de ver un anuncio brillante, sino por una necesidad casi física de encontrar un borde. Tengo 31 años y el ritmo de trabajar por mi cuenta me estaba comiendo. A fines de agosto pasado, me encontré llorando frente a un archivo de Illustrator que no podía terminar porque mi cabeza era un ruido blanco constante. Ahí entendí que necesitaba algo que aguantara mi lentitud, algo que no me pidiera ir a mil por hora.
El escepticismo de una freelance agotada
Cuando vi que el programa tenía una calificación de 4.9 en la plataforma, mi lado cínico de diseñadora pensó que era demasiado bueno para ser real. Pero la curiosidad de saber si el material realmente aguanta el proceso semana a semana, sin pisar el acelerador, fue más fuerte. No quería una solución mágica de fin de semana; quería ver si podía integrar el crecimiento personal en mi desorden diario de entregas y revisiones. No soy psicóloga ni coach, solo una mujer que diseña logos y que necesitaba dejar de sentir que su mente era una pestaña de Chrome que no terminaba de cargar nunca.
Al principio, me costó. Hubo módulos que me dejaron pensando días enteros y otros ejercicios que, honestamente, abandoné a la mitad porque sentía que no eran para mí en ese momento. Pero esa es la cuestión: la claridad no apareció por completar todos los casilleros, sino por permitirme estar en el proceso. Aprendí que invertir en desarrollo personal cambió mi forma de trabajar no porque me hiciera más rápida, sino porque me hizo más consciente de dónde pongo la energía.
El relieve de las hojas y el café recalentado
Mi ritual se volvió muy físico. Hay algo en el olor al café recalentado mientras tacho una tarea en mi cuaderno físico, sintiendo el relieve de las hojas que ya completé, que me devuelve a la tierra. A veces paso la mano por las páginas de los primeros meses y noto cómo mi letra cambió; de trazos apurados y nerviosos a algo más redondo, más pausado. Es una sensación táctil de progreso que ninguna app de productividad me pudo dar.
Durante las fiestas de diciembre, cuando todo el mundo entra en ese frenesí de balances y metas imposibles, yo me refugié en los videos de Universo Femenino. Me servía como un ancla. Mientras mis clientes pedían cambios de último momento para antes de Navidad, yo me obligaba a cerrar la pestaña del correo y abrir la del curso, aunque sea por quince minutos. No para 'curarme', sino para recordar que yo existo por fuera de los pedidos de presupuesto.
Cuando el síndrome del impostor cierra la computadora
Pero no todo fue lineal. Tuve una semana de abril, de esas en las que el otoño empieza a asomar, en la que simplemente no pude. Cerré la computadora y no abrí el curso porque el síndrome del impostor me convenció de que no tenía tiempo para 'crecer' si todavía no había entregado tres manuales de marca que tenía atrasados. Sentía que dedicarme tiempo a mí misma era un lujo que no me merecía si no era 'productiva' primero. Es increíble cómo nos saboteamos pensando que el bienestar es un premio y no el combustible.
Ese bache me enseñó algo fundamental sobre la claridad mental. Siempre nos dicen que para tener la mente despejada hay que meditar, organizar la agenda y tener todo bajo control. Pero en este proceso entendí que la verdadera claridad no surge de aplicar los ejercicios del cuaderno a la perfección, sino de aceptar la inercia y los días de caos sin intentar corregirlos inmediatamente. Aceptar que esa semana de abril fue un desastre fue, paradójicamente, lo que me permitió retomar en mayo con más fuerza. Si estás pasando por algo parecido, te recomiendo leer sobre cómo superar el síndrome del impostor en mujeres creativas, porque a veces solo necesitamos saber que no somos las únicas.
La toma de decisiones quirúrgica
Una tarde calurosa de marzo, mientras el sol pegaba fuerte contra el vidrio de mi estudio, tuve una reunión con un cliente que siempre me pedía 'un ajuste más' sin querer pagarlo. Normalmente, me hubiera puesto emocional, me hubiera sentido culpable o hubiera terminado cediendo por puro agotamiento mental. Pero algo había hecho clic después de meses de trabajar mi gestión emocional en el programa.
Pude decir que no de una manera casi quirúrgica. Sin enojo, sin drama. Simplemente puse el límite. Me di cuenta de que mi mente ya no estaba nublada por el miedo a perder el trabajo o por la necesidad de agradar. Esa claridad mental se tradujo en una claridad de negocio. Cuando dejás de pelear con vos misma por dentro, tenés mucha más energía para defender tu trabajo por fuera. Empecé a aplicar lo que vi sobre superar el miedo a cobrar lo que valés y las cosas empezaron a ordenarse solas.
No fue un cambio de un día para el otro. Fue el resultado de esas mañanas de invierno y tardes de calor paraguayo frente a la pantalla, escuchando los módulos de Universo Femenino. La claridad es un músculo que se entrena, y este curso me dio las pesas adecuadas para hacerlo sin lesionarme el alma.
El hábito de lo pequeño
Hace unas tres semanas, me encontré ordenando mis archivos digitales de una forma que nunca antes había logrado. No era solo orden de carpetas, era orden de prioridades. Entendí que mi fatiga cognitiva venía de tratar de decidirlo todo todo el tiempo. El curso me ayudó a crear estructuras mentales para que las decisiones pequeñas se tomen en piloto automático y me quede energía para lo que realmente importa: diseñar.
Es importante decir que esto no reemplaza la terapia. Yo sigo viendo a mi terapeuta y siempre recomiendo que, si sentís que la ansiedad o el desgano te superan, consultes con un profesional de la salud mental. Yo no tengo formación en psicología, soy solo una diseñadora compartiendo su cuaderno de bitácora. Lo que este programa me dio fue una caja de herramientas para el día a día, un apoyo que corre en paralelo a mi proceso personal.
A veces, cuando termino una sesión del curso, me quedo mirando el jardín que se pone oscuro detrás de mi ventana. Siento que el desorden sigue ahí —mi escritorio nunca va a ser una foto de Pinterest—, pero yo ya no estoy perdida en medio de ese desorden. Puedo ver los espacios en blanco. Puedo ver dónde termina mi trabajo y dónde empiezo yo.
Reflexión final sobre la inversión
Mucha gente me pregunta si vale la pena la inversión inicial, porque no es un curso barato de esos que comprás y olvidás. Para mí, el valor real apareció a los seis meses, cuando me di cuenta de que ya no necesitaba tres tazas de café para empezar a pensar con coherencia. La claridad mental no es un evento que te pasa un fin de semana en un retiro; es el resultado de elegirte a vos misma incluso los miércoles a la noche cuando preferirías estar mirando una serie.
Si sentís que el ritmo de la vida te está ganando y que ya no te acordás de cómo se siente tener la cabeza en silencio, capaz te sirva darle una mirada a Universo Femenino. No te va a cambiar la vida en una semana, pero te va a dar el mapa para que vos misma vayas encontrando el camino de salida del ruido. Yo sigo acá, cuaderno en mano, aprendiendo que mi claridad vale mucho más que cualquier entrega urgente.