
Una noche tarde, con el brillo de la pantalla de la Mac todavía quemándome los ojos después de cerrar un logo para un cliente que pedía 'un cambio chiquito' a las siete de la tarde, me quedé mirando mi cuaderno en blanco. Sentía que mi cabeza era un navegador con 50 pestañas abiertas y todas estaban reproduciendo un video distinto al mismo tiempo. Eran casi las once, el ventilador de techo giraba con ese ruidito rítmico que solo se nota cuando la ciudad se calla, y yo no sabía si escribir lo que sentía o simplemente acostarme a dormir tres días seguidos.
Antes de seguir, un detalle de honestidad: este rincón de Velida se mantiene gracias a ciertos vínculos afiliados. Si te sentís inspirada por lo que cuento y decidís anotarte en algún programa a través de mis enlaces, Hotmart me da una pequeña comisión sin que a vos te cueste un guaraní extra. Solo escribo sobre lo que yo misma estoy haciendo, como el curso que sigo ahora, y si algo no me convence, también lo vas a leer acá. No soy psicóloga ni tengo un diploma en desarrollo humano colgado en la pared; soy una diseñadora de 31 años tratando de que el trabajo no me pase por encima.
La oficina que nunca cierra las puertas
La realidad de ser freelance en Paraguay, y creo que en cualquier lado, es esa delgada línea que se borra entre 'trabajar desde casa' y 'vivir en la oficina'. Empecé con esto del crecimiento personal a los 28, cuando entendí que si no le ponía un freno a la inercia, iba a terminar odiando lo que amo hacer. Pero mantener un diario... pucha, eso se sentía como otra tarea pendiente en una lista que nunca termina. ¿Cómo le pedís a alguien que gestiona facturas, bocetos y correos que además se siente a 'conectar con su ser'?
En una tarde calurosa de diciembre, mientras el tereré ya no me alcanzaba para refrescarme el mal humor, me di cuenta de que mi problema no era la falta de tiempo, sino la fatiga de decisión. La fatiga de decisión es algo real que nos pasa a los que trabajamos solos: agotamos nuestra capacidad de elegir cosas importantes porque pasamos el día eligiendo tipografías, colores y presupuestos. Para cuando llegaba al cuaderno, ya no quería elegir de qué escribir.
Ahí es donde el programa Universo Femenino me dio un respiro. No porque me dijera exactamente qué hacer cada segundo, sino porque su estructura de módulos semanales me quitó el peso de inventar el camino. Tiene una calificación de 4.9 en Hotmart por algo: te permite avanzar sin pisar el acelerador. Lo empecé hace unos nueve meses y, aunque hubo semanas que ni lo toqué, el material aguanta. No es un curso de esos que tenés que terminar en un fin de semana o perdés el hilo.
El mito de la mañana perfecta y el café frío
Hubo un tiempo en que intenté despertarme a las cinco de la mañana para escribir 'como una CEO', convencida por algún video de YouTube de que esa era la clave del éxito. Terminaba babeando sobre la página de gratitud por puro cansancio, con el olor a café frío mezclándose con la frustración de no ser esa versión productiva de mí misma. El journaling no debería ser una performance de eficiencia. Es, más bien, un registro de que sigo acá, más allá de los entregables que mandé por WeTransfer.
Hace un par de semanas, el ruido mental volvió con todo. Cuando sos freelance, a veces sos un nómada dentro de tu propia casa o de tu propia ciudad. Un día trabajás en la mesa del comedor, otro en un café donde el ruido de los colectivos te aturde, y esa falta de una rutina espacial fija rompe cualquier intento de ritual de introspección. No tenemos un 'escritorio sagrado' que solo se usa para pensar. Nuestro escritorio es un campo de batalla de tazas sucias y discos duros externos.
Para sobrevivir a eso, aprendí a integrar el cuaderno en los huecos, no en las metas. He escrito párrafos enteros mientras esperaba que un archivo pesado terminara de exportarse. He usado el reverso de un boceto descartado para anotar una emoción que me estaba apretando el pecho. Podés leer más sobre cómo armar estos pequeños momentos en mi entrada sobre hábitos de autocuidado diario para mujeres que trabajan desde su casa.
Cuando el papel es el único que no pide cambios
Después de una entrega grande en marzo, me pasó algo que me asustó: no podía dejar de pensar en el feedback del cliente incluso mientras intentaba dormir. El cortisol, esa hormona del estrés que se nos dispara cuando el ritmo laboral es irregular, me tenía en un estado de alerta constante. Fue ahí cuando volví al cuaderno con desesperación. El journaling reflexivo no es solo para 'sentirse bien'; está demostrado que ayuda a bajar esos niveles de estrés cuando la rutina se rompe.
Juré que nunca usaría stickers o colores en el cuaderno porque le parecía una pérdida de tiempo decorativa, y terminé pegando el sticker de una marca de café solo para llenar el vacío de una página donde no sabía qué decir. Fue un acto de rendición. A veces, mantener el hábito es simplemente estar presente frente a la hoja, aunque solo sea para dibujar garabatos. En los momentos de mayor duda, cuando me pregunto si realmente esto me está sirviendo o solo estoy comprando cursos para sentir que tengo el control de mi vida, el cuaderno me devuelve mis propias palabras de hace meses y me recuerda que ya pasé por tormentas peores.
Si sos creativa, seguro conocés esa voz interna que te dice que no sos lo suficientemente buena. Yo la peleo seguido, y escribir sobre eso me ayuda a verla como un proceso externo. Si te interesa, escribí algo sobre cómo superar el síndrome del impostor en mujeres creativas freelance que capaz te sirva para esos días grises.
La estructura como salvavidas
Lo que me gusta de Universo Femenino es que, a diferencia de otros cursos, no te empuja a ser 'la mejor versión de vos misma' en un sentido competitivo. Te da permiso de ser una versión que está cansada, que tiene entregas pendientes y que a veces solo tiene diez minutos antes de que el timbre del delivery interrumpa la sesión. Tiene pros claros: el currículum es amplísimo y las actualizaciones están incluidas, lo que me permite volver a un módulo sobre límites laborales meses después de haberlo visto por primera vez. Lo malo es que la inversión inicial no es un chiste; tenés que estar decidida a usarlo como una herramienta de largo aliento, no como un capricho de un día.
Mantener el hábito siendo freelance se reduce a esto: dejar de ver el diario como algo que 'tenés que hacer' para que el mundo te vea exitosa, y empezar a verlo como el único lugar donde no tenés que rendir cuentas a nadie. No hay un jefe, no hay un cliente, no hay un seguidor de Instagram mirando lo que escribís. Es solo el roce de la tapa de cuero sintético de mi cuaderno contra la mesa de madera mientras afuera truena y yo me permito, por fin, cerrar todas las pestañas del navegador mental.
Si sentís que el ritmo te está comiendo y necesitás una guía que no te pida imposibles, dale una mirada a lo que propone este programa. A mí me sirvió para entender que mi crecimiento no tiene que ir a la misma velocidad que mis entregas. Siempre es mejor rebotar estas cosas con tu terapeuta si sentís que el nudo en la garganta no se va solo con papel, pero tener un lugar donde volcar el ruido es un primer paso que te debés a vos misma.