
Dieciséis pestañas tenía abiertas anoche en el navegador, y de esas, catorce eran portfolios de otras diseñadoras que ni sigo por trabajo — las fui abriendo una por una, como quien se pincha a propósito, solo para compararme con cada una. Ahí estaba yo, con la humedad de Asunción pegándose a la piel, mirando la estética minimalista de un estudio en España y sintiendo que mis logos para la farmacia de la esquina eran de otra liga. Es una costumbre fea, y sospecho que no soy la única freelance tratando de sostener algo de crecimiento personal — ni la única metida en un programa de empoderamiento femenino como el mío — en medio del caos de las entregas. La salud mental de quien trabaja sola depende más de lo que debería de un bienestar digital que nadie nos enseñó a cuidar.
Antes de seguir, la aclaración de siempre: esta página se sostiene gracias a algunos enlaces afiliados, y si te anotás en algún programa a través de ellos, Hotmart me da una comisión sin que a vos te cueste un guaraní de más. Hablo solo de lo que curso yo misma, como Universo Femenino, donde ando metida hace rato. No soy psicóloga ni terapeuta — soy una diseñadora tratando de no perderse entre entregas y el algoritmo.
El mito del bienestar digital: borrarte del todo
Es difícil superar el síndrome del impostor cuando el mercado te exige estar presente, y estar presente es justamente lo que te termina bajando la autoestima. Hay una idea instalada que dice que para dejar de compararte alcanza con borrarte de todo: cerrar la cuenta, guardar el teléfono en un cajón, desaparecer un tiempo. Pero para quienes emprendemos con lo digital las redes no son solo ocio, son la vidriera del negocio — no puedo mudarme a una cueva sin señal, necesito ver qué tipografías se usan, cómo se mueven otras marcas. La línea entre analizar el mercado y flagelarme es tan fina que se borra apenas me descuido, y ahí aparece esa fatiga por comparación digital que en salud mental laboral ya tiene nombre técnico, aunque en mi cuaderno durante meses solo figuraba como "me siento insuficiente".
El problema no era la aplicación
El curso que sigo tiene una calificación de 4.9 en Hotmart, algo que entendí mejor apenas el módulo de identidad me tocó de cerca: no vende espejitos de colores, obliga a mirar el propio desorden.
Antes de encontrarlo, probé la salida fácil: me sumé a uno de esos podcasts matutinos de productividad, prometiéndome que el episodio del día me iba a cambiar el humor antes de abrir cualquier red. Aguanté poco — al mes ya ni me acordaba de que existía, y la costumbre de scrollear apenas me despertaba seguía intacta.
Lo ridículo es que paso buena parte del día retocando luces en Photoshop para clientes; sé exactamente cómo se fabrica la calidez de un amanecer o se borra una imperfección con dos clics. Y aun sabiendo eso, ahí seguía yo, preguntándome por qué la piel de una desconocida se veía tan pareja o por qué su escritorio nunca tenía una taza de café manchada. Si yo fabrico esa luz todos los días, ¿por qué me castigaba por no tenerla en mi propia vida?
Anotar lo que sentís le saca el veneno a la comparación
Empecé a anotar, no lo que veía sino lo que sentía al verlo — "post de tal diseñadora: envidia, ganas de cerrar el estudio". Ponerle nombre a la sensación le saca poder, y es más fácil gestionar las emociones cuando las ves escritas con tu letra, medio desprolija, en papel real. Se siente distinto el roce de un marcador de punta fina sobre una hoja de buen gramaje que el toque frío de una pantalla — no sé explicarlo mejor que eso.
Hay una tarde que se me quedó grabada: la cuia de mate en la mano, diez minutos enteros sin abrir ninguna red, y ese hueco de silencio me sorprendió más que cualquier notificación que me hubiera llegado en ese rato.
Se lo conté a Dalila Godoy, colega de diseño e ilustración con la que coincidí hace un tiempo en un taller de identidad visual, y su respuesta fue típica de ella: se enganchó con una parrafada sobre por qué tal tipografía nunca debería usarse en un logo, sin tocar el fondo del asunto. Me hizo reír, y también me acomodó algo — ella tiene su vara, yo tengo la mía, y no tienen por qué coincidir.
Entendí que mi valor como diseñadora en Asunción no se mide con la regla de una agencia en Berlín o Madrid. Está en que entiendo a mis clientes de acá, en que sé comunicarle a la gente que camina estas calles. Capaz esa certeza me alcanza solo con salir a caminar unas cuadras por Villa Morra sin el teléfono en la mano — no soluciona nada mágicamente, pero corta el hilo del scroll.
Poner un ancla antes de soltar el teléfono
El quiebre de verdad llegó entregando un proyecto para una marca de cosmética artesanal: me agarré eligiendo la foto "menos real" porque encajaba mejor en el feed, y ahí la hipocresía me pegó en la cara — yo estaba fabricando la misma perfección que después me hacía sentir mal cuando la veía en otras. Si estás en un proceso de crecimiento personal lento, estas caídas duelen más de lo que uno esperaría, porque no son un clic mágico: son más como sacarse una venda de a poco.
Lo que sí cambió algo fue una regla chiquita, nada de método: antes de cerrar la pestaña, anoto qué sentí, no qué vi. Si el nudo en el estómago aparece, cierro sin discutir con la sensación — la reconozco y me retiro. Juré mil veces que no iba a volver a mirar el feed de esa diseñadora española, y no tardé nada en caer de nuevo; lo que cambió fue la frecuencia, no la tentación.
Ese ancla se parece bastante a la que hace falta cuando una freelance por fin se anima a poner límites con los clientes: la misma lógica de decir hasta acá llego, aplicada a la pantalla en vez de a la agenda. Meterme en un curso así fue, en el fondo, apostar a que invertir en el propio desarrollo cambia la forma de encarar el trabajo, no solo el humor de una tarde — y también me movió el orden de la rutina de siempre, porque dejé de revisar redes a primera hora, casi sin proponérmelo.
Hay ejercicios pensados para mujeres que laburamos de lo creativo que ayudan a soltar esa comparación constante, aunque a mí me cuestan más los que tocan la identidad que los técnicos — capaz porque compararse tanto termina siendo, en el fondo, una forma de bloqueo creativo disfrazada de investigación de mercado. El curso de Universo Femenino me dio la estructura que no lograba armar sola: no hace el trabajo por una, pero tener esos videos esperando cada tanto obliga a sentarse y procesar. Si andás buscando mejores cursos de empoderamiento femenino, buscá uno que deje espacio para fallar. Este lo deja.
Lo que queda cuando cierro la pestaña
Sigo en las redes hoy — sería mentira decir que las dejé del todo. La diferencia es que el humor ya no depende de la primera imagen que veo al despertar. El cuaderno sigue ahí, y me recuerda que la identidad no es una grilla de fotos cuadradas. Si sentís que el ritmo freelance te está comiendo, hablá con alguien — un terapeuta, una amiga, quien sea. No se resuelve la soledad de lo digital con más digital.
A veces, cuando el silencio de la noche en Asunción se pone pesado, cierro la laptop y me quedo solo con el ruido del ventilador. Ahí, lejos de los likes, es donde de verdad me encuentro — ni la diseñadora exitosa de Instagram ni la que cree que nada de lo suyo vale. Soy nomás yo, aprendiendo a caminar a mi propio paso.
Si sentís que te hace falta un ancla parecida, dale una mirada a lo que propone Universo Femenino. No es una solución mágica, pero sí un camino honesto. Podés ver los detalles del programa acá y fijarte si resuena con lo que estás atravesando hoy — a veces el primer paso para dejar de compararte es decidir que tu propia historia merece ser contada, aunque no sea instagrameable.