
Son las once de la noche en Asunción y el aire está tan pesado que parece que se puede cortar con una tijera de podar. Tengo el brief de una marca de ropa local abierto en la pantalla y el cursor parpadea como si se estuviera burlando de mi falta de ideas. Mañana es miércoles, y según mi plan ideal de hace tres días, debería levantarme a las seis para hacer la meditación del módulo cuatro de Universo Femenino, pero mientras miro los cambios que pidió el cliente, sé que esa mañana perfecta ya es imposible antes de que salga el sol.
Antes de seguir, una aclaración necesaria para las que pasan por este cuaderno: Velida se sostiene gracias a vínculos afiliados. Si te animás a anotarte en un programa por uno de estos enlaces, Hotmart me suma una comisión sin que tu factura cambie ni un guaraní. Solo escribo sobre programas en los que ya estoy metida, como este que vengo masticando hace casi un año, o que probé lo suficiente para no venderte humo. Si algo me queda a medias o me parece flojo, también lo vas a leer acá.
El mito de la rutina inquebrantable
Vengo arrastrando esta sensación desde fines de agosto del año pasado, cuando decidí que a los 31 años ya no podía seguir operando bajo el sistema de "quemarme hasta las cenizas" que traía desde los 28. El problema es que cuando una empieza un camino de crecimiento personal, a veces reemplaza a un jefe tóxico por una versión de sí misma que es todavía más implacable. Mi disciplina se había convertido en otro jefe que inventé para gritarme cuando ya estaba cansada.
La semana pasada, en medio de un pico de trabajo con tres marcas locales que decidieron pedir cambios al mismo tiempo, sentí esa presión interna de ser la "estudiante perfecta". Tenía el video de la lección sobre límites personales pausado en una pestaña mientras respondía correos. Lo puse en velocidad 2x, intentando absorber algo mientras tipeaba un presupuesto. Fue un fracaso total. A los diez minutos me di cuenta de que no había registrado ni una sola palabra. El audio era solo un ruido de fondo que competía con mi ansiedad.
Me quedé mirando la pantalla, sintiendo esa tensión específica y filosa en la mandíbula que me acompaña desde que soy freelance. Recordé una charla que tuve con una amiga hace unos meses, en un martes lluvioso de mayo. Ella tiene un bebé de pocos meses y está amamantando. Me contaba, con unas ojeras que le llegaban al mentón, cómo todos los consejos de "establecer una rutina rígida" le parecían una cachetada. ¿Cómo vas a tener una rutina de mañana si tu cuerpo le pertenece a la demanda impredecible de otra persona? Esa noche entendí algo que no me habían enseñado los libros de productividad: la autocompasión no es debilidad, es una lectura realista de la energía disponible.
La disciplina que no muerde
A veces pensamos que la disciplina es un bloque de cemento, pero en las semanas de mucho trabajo tiene que ser más como el agua. Durante las semanas movidas de mediados de diciembre, cuando el calor de Asunción te quita las ganas de existir y los clientes se desesperan por cerrar el año, me sentía culpable por ver los videos sin reproducir en el dashboard de Hotmart. El programa tiene una calificación de 4.9, y yo sentía que estaba bajando el promedio con mi falta de constancia.
Pero volví a entrar a un módulo que había pasado por alto sobre la flexibilidad del currículum emocional. Ahí decían algo que me quedó grabado: la disciplina no es cumplir el horario, es no abandonar la intención. Si el ejercicio de escritura profunda no sale el lunes a las siete de la mañana porque te quedaste trabajando hasta tarde, el acto de disciplina es sentarte el sábado, con más calma, y no castigarte por el retraso. Es entender que si estás como mi amiga con su bebé, o como yo con una entrega que define mi alquiler, la disciplina es saber cuándo pausar para no romperse.
Hay un momento casi físico cuando hacés ese cambio de chip. Es esa tensión en la mandíbula que mencioné antes; desaparece en el segundo exacto en que decidís que está bien posponer el ejercicio hasta el fin de semana. No es procrastinar, es gestionar el ancho de banda. Obviamente, no soy psicóloga ni profesional de la salud mental, solo soy una diseñadora que escribe lo que le pasa. Si sentís que tu agotamiento no es solo por el trabajo sino algo que te nubla todo, lo mejor es que lo hables con tu médico de cabecera o tu terapeuta.
Pequeños datos de la semana
Esta semana mi "progreso" fue minúsculo, pero real. Logré sentarme con mi cuaderno después de un día de locos. Tenía un vaso de tereré al lado del trackpad y la condensación fría goteaba sobre la hoja donde estaba tratando de anotar mis disparadores de estrés. Ver esa mancha de agua sobre el papel me hizo reír. Antes me hubiera molestado por arruinar la estética del cuaderno. Ahora, es solo la marca de que estuve ahí, presente, incluso cuando todo estaba un poco desordenado. Integrar el curso Universo Femenino en una rutina freelance muy ocupada no se ve como en las fotos de Instagram; se ve como una mujer de 31 años con el pelo atado de cualquier forma tratando de entenderse a sí misma entre entrega y entrega.
Me di cuenta de que muchas veces mi "disciplina" era una forma encubierta de perfeccionismo. Si no podía hacer el módulo completo, no hacía nada. Es el pensamiento de "todo o nada" que nos termina quemando. En el curso de Universo Femenino aprendí que el material aguanta si lo trabajás semana a semana, incluso si esa semana solo pudiste leer dos párrafos porque el resto del tiempo se te fue en sobrevivir al ritmo de los clientes.
Aceptar el ritmo lento
Lo que me sorprendió de este proceso es que, al soltar la rigidez, terminé siendo más constante. Es una contradicción total, lo sé. Yo juré que nunca iba a usar palabras como "fluir", pero acá estoy. Cuando aceptás que hay semanas donde el crecimiento personal significa simplemente no renunciar a vos misma mientras cumplís con los demás, algo cambia. Lo que aprendí al romper la rutina diaria es que la verdadera disciplina es la que tiene espacio para la vida real, con sus timbres de delivery interrumpiendo sesiones de meditación y sus fallos de internet justo cuando estabas por tener un momento de claridad.
Si estás en una racha laboral fea, o si sos como mi amiga que apenas puede dormir tres horas seguidas, no busques una disciplina que te castigue. Buscá una que te sostenga. El material de este programa es excelente porque permite esas idas y vueltas, y el precio incluye actualizaciones que te dan margen para volver a un módulo meses después si sentís que ahora sí tenés el espacio mental para procesarlo.
Cierro la laptop por hoy. El ventilador de techo sigue girando y el silencio de Asunción a esta hora es lo único que me queda. No hubo grandes epifanías, solo el dato pequeño de que hoy elegí descansar en lugar de forzar una lección que no iba a entender. Si sentís que necesitás una estructura que no te asfixie, capaz sea momento de mirar este programa con otros ojos. Podés ver más detalles sobre cómo se organiza acá: Universo Femenino. Mañana será otro miércoles, y quizás, solo quizás, me levante a las seis. Y si no, el sábado me espera con el cuaderno abierto.