
Hacía un calor denso, de esos que solo Asunción sabe cocinar a fuego lento, cuando me quedé mirando el cursor parpadear en el asunto del correo. Eran casi las siete de la tarde y el aire acondicionado apenas le ganaba la pulseada al bochorno de afuera. Tenía el PDF de la propuesta listo, pero el dedo se me quedaba congelado sobre el botón de enviar. Era esa duda de siempre: ¿está muy caro?, ¿van a pensar que me creo demasiado?, ¿y si me dicen que el logo no les transmite nada? Esa inseguridad es como una humedad que se te pega a la ropa y no te deja moverte con gracia. Había pasado días midiendo cada milímetro de las propuestas, asegurándome de que las dimensiones respetaran la norma ISO 216 para una hoja A4 de 210 x 297 mm, como si la perfección técnica pudiera ocultar mi miedo a que no me validaran.
Llevo años en esto, moviéndome entre marcas pequeñas y clientes que me quedan de antes de la pandemia, pero presentar sigue sintiéndose como rendir un examen final cada semana. A veces me olvido de que no soy una estudiante pidiendo permiso, sino una profesional que paga su IVA del 10% según la Ley N° 6380/19 y que tiene un RUC que defender. Pero la cabeza va por otro lado. Me di cuenta de esto hace unos meses, a mediados de primavera, cuando el curso de Hotmart que vengo siguiendo —sin apuros, a mi ritmo de caracol— tocó el tema de la asertividad. No fue un 'clic' mágico, fue más bien un darme cuenta incómodo mientras mojaba la yerba del primer mate de la mañana.
El peso de la justificación excesiva
Me pasaba que, al presentar, hablaba de más. Trataba de explicar por qué el azul era ese azul específico del Pantone Matching System (PMS) y no otro, pero lo hacía con una voz que pedía perdón. Si el cliente arrugaba un poco la nariz, yo ya estaba ofreciendo tres cambios gratis antes de que él terminara de respirar. Es agotador vivir así, tratando de adivinar el humor del otro para que no te rechacen. En el tercer módulo del programa, hubo un ejercicio sobre la presencia que decidí probar, aunque me sentía medio tonta haciéndolo frente al espejo del baño: quedarme quieta, sin llenar el silencio con palabras innecesarias.
La realidad es que, en el mercado local, a veces parece que tenés que justificar hasta el aire que respirás para que te paguen a tiempo. Pero entendí que esa necesidad de sobre-explicar venía de mi propia falta de suelo. No soy psicóloga ni experta en comunicación, solo soy una diseñadora que está tratando de no quemarse los fusibles, pero creo que aceptar un proceso de crecimiento personal lento sin perder la motivación me dio el permiso de observar mis propias reacciones corporales antes de entrar a una reunión por Zoom.
Recuerdo una tarde calurosa de diciembre, justo antes de las fiestas, cuando tuve que presentar un rebranding para una tienda de ropa. Estaba nerviosa. Sentía esa presión sorda en el pecho, una especie de nudo que me recordaba todas las veces que me achiqué para encajar en el presupuesto mezquino de alguien. Abrí el archivo, compartí pantalla y, por primera vez, no empecé con un 'espero que les guste'. Empecé con los datos. Expliqué la estructura, el valor técnico y por qué esa tipografía iba a funcionar en cartelería de gran formato. Y después, hice lo más difícil del mundo: me callé.
El silencio como herramienta de poder
El silencio duró lo que parecieron horas, aunque habrán sido veinte segundos. Sentí el contacto frío del termo de tereré contra mi brazo mientras esperaba que el cliente terminara de revisar el PDF en silencio. Mi mente gritaba: 'decí algo, ofrecé un descuento, deciles que podés cambiar el color'. Pero me quedé ahí. Mirando la cámara. En el curso mencionaban que la seguridad no es no tener miedo, sino habitar el espacio que te corresponde. Cuando el cliente finalmente habló, no fue para quejarse. Fue para hacerme una pregunta técnica sobre la impresión. Ahí entendí que mi silencio le había dado permiso a él para pensar, y a mí para no ser una vendedora desesperada.
Esa tarde, cuando cerré la laptop, la presión en el pecho no estaba. Se había ido justo en el momento en que decidí que no iba a negociar mi valor antes de que me lo pidieran. Obviamente, esto no es lineal. Hace apenas unas semanas volví a trastabillar con un cliente nuevo que me pedía cosas 'para ayer' y casi vuelvo a mi modo de alfombra humana. Pero abrí el cuaderno, vi mis notas sobre el módulo de límites y recordé que mi tiempo también tiene una normativa interna, igual que el sistema tributario tiene sus reglas. Si no cuido yo mi flujo de trabajo, nadie lo va a hacer por mí.
La vulnerabilidad como estrategia de autoridad
Hay algo que siempre nos dicen en esos videos motivacionales de Instagram: 'proyectá seguridad total', 'no dejes que vean tus dudas'. Pero yo aprendí algo distinto estos meses. A veces, la seguridad real viene de ser honesta sobre lo que no va a funcionar. En una reunión reciente, le dije a un cliente: 'Mirá, si usamos este degradado que querés, en impresión offset va a ser un dolor de cabeza y probablemente se vea sucio; yo no me siento cómoda entregándote algo que sé que va a fallar'.
Mostrar esa vulnerabilidad estratégica —el riesgo del proyecto, lo que me preocupa— generó más confianza que si hubiera dicho 'sí, todo va a salir perfecto'. El cliente se quedó callado, me miró y me dijo: 'Gracias por ser sincera, sos la primera que me dice que algo no se puede'. Esa es la autoridad que no te da un título, sino la capacidad de no ocultar las grietas por miedo a parecer poco profesional. Es un alivio dejar de intentar ser una máquina de soluciones perfectas y empezar a ser una consultora real.
A veces, enfrentar el miedo al fracaso profesional con el curso Universo Femenino se siente como pelar una cebolla; cada capa que sacás te hace llorar un poquito pero te deja más cerca del centro. Yo sigo teniendo días donde el síndrome del impostor me susurra que mis diseños son mediocres, pero ahora tengo herramientas para contestarle. No son frases de autoayuda barata, son registros en mi cuaderno de las veces que me mantuve firme y el mundo no se terminó.
Pequeñas victorias en el escritorio
Para las que están en la misma, peleando con presupuestos y clientes que quieren todo 'lindo y barato', les digo que la seguridad se construye en los detalles pequeños:
- No envíes la propuesta apenas la termines; dejala dormir una noche para que el miedo al rechazo se enfríe.
- Cuando hables de precios, no redondees hacia abajo por miedo; recordá que ese 10% de IVA sale de tu bolsillo y que tu equipo se deprecia.
- Si un cliente te pide un cambio que arruina la composición, explicá el 'por qué' técnico antes de decir que sí. Esa presión sorda en el pecho desaparece justo en el momento en que decís 'no' a un cambio que arruina la composición.
Hoy, mientras la luz del sol se retira de mi patio y las sombras de las plantas se alargan sobre mi escritorio, me siento un poco más dueña de mi espacio. No soy una experta, y si estás pasando por una crisis de ansiedad laboral fuerte, siempre es mejor hablar con un terapeuta o profesional de salud mental; yo solo cuento lo que me pasa a mí entre mate y mate. Lo que sí sé es que mi RUC y mi trabajo valen lo mismo que el de cualquier agencia grande del centro. Cerrar el cuaderno esta noche con esa certeza, aunque sea chiquita, es la verdadera paz mental que buscaba cuando empecé todo esto.